
Se terminó el año.
Llegó enero.
Y con él, el frío, el silencio… y ese vacío extraño que aparece después de tanto ruido.
Después de la avalancha de diciembre —compromisos, comidas eternas, agendas llenas, familia, celebraciones y “síes” que luego se pagan con cansancio— enero nos enfrenta a una verdad incómoda: otra vez nos pasamos un poco de nuestros propios límites.
No por falta de conciencia,
sino por costumbre.
Este mes no llega para exigirnos nuevos propósitos ni versiones mejoradas de nosotros mismos.
Llega para algo más honesto: volver a nosotros.
A revisar desde dónde decimos sí, cuánto nos damos y cuánta coherencia hay entre lo que sentimos y lo que vivimos.
Enero no es un inicio grandioso.Es un regreso. Y ahí empieza todo.
Enero llega sin luces, sin villancicos y sin excusas.
Llega con frío, con silencio… y con espacio.
Después de tanto hacer, compartir y cumplir, aparece esa sensación conocida:
el cuerpo diciendo hasta aquí,
la mente un poco saturada
y el alma pidiendo algo muy simple (y poco espectacular): parar.
Y no porque diciembre esté mal —también tiene su magia—,
sino porque, sin darnos cuenta, volvemos a dar más de lo que queremos.
Este enero decidí parar de verdad.
Desconectar el móvil.
Volver a lo simple.
A mi alimentación, a mis rutinas, a no tener que producir nada útil.
Pintar sin pensar.
Estar sin plan.
Acompañarme sin exigencias.
Cinco días de silencio bastaron para algo esencial:
volver a sentir mi paz…
y también mi vacío.
Y entender que ese vacío no era ausencia,
sino espacio.
Espacio para recolocarme,
para escucharme con más honestidad
y para elegir distinto.
Ahí comprendí algo muy sencillo y muy poderoso:
la paz no llega cuando todo está en orden fuera.
Llega cuando te alineas contigo.
Cuando lo que piensas, sientes y haces empieza a ir en la misma dirección.
Cuando dices sí solo cuando es sí.
Cuando te permites decir no sin justificarte tanto.
Cuando dejas de traicionarte en lo pequeño.
Eso es coherencia.
No perfección.
Honestidad.
Y enero, con su aparente vacío, es un gran maestro para recordarlo:
vivir alineado no es exigirte más,
es volver a casa.
LO QUE NACE AL PARAR:
De esta pausa no solo ha salido descanso. También fuerza, confianza y el impulso de seguir creando de una forma más consciente.
Por eso, quiero compartirte algo importante: ya tenemos espacio, una casa viva.
Un lugar pensado para sostener procesos con tiempo y presencia,
crear comunidad y reunirnos para seguir evolucionando.
Un espacio para los retiros 1:1, el alojamiento de los procesos y experiencias donde el cuerpo, el arte y el encuentro
acompañan el camino de volver a uno mismo y a la vida.
Un lugar que nace desde la calma, la escucha y el deseo de acompañar desde lo humano y lo real.

