
Hay algo que cambia cuando los días empiezan a acortarse.
La luz entra de otra manera por las ventanas. Las tardes se vuelven más breves, el frío empieza a asomarse y, casi sin darnos cuenta, la vida nos invita a bajar el ritmo.
Volvemos antes a casa. Buscamos una manta, encendemos una vela, preparamos algo caliente. Quizá sentimos más ganas de estar a solas, de hablar menos, de mirar hacia dentro.
Mientras el mundo exterior cambia de luz, también nosotros necesitamos hacer espacio para escuchar lo que sucede dentro.
Hay algo que cambia cuando llega el otoño. Y no es solo el paisaje.
Hay estaciones para expandirse y otras para recogerse. Momentos de abrirnos al mundo y otros en los que necesitamos regresar a nuestro propio centro.
El otoño nos recuerda que la vida está hecha de transiciones. Pasamos gradualmente de los días largos y la energía del verano a un tiempo más pausado e introspectivo. No se trata de dejar de hacer, sino de encontrar un equilibrio entre la actividad y el descanso, entre lo que damos al mundo y lo que necesitamos reservar para nosotros.
Es una estación de cambios: cambia el clima, cambia el número de horas de luz, cambia la hora, pasamos de estar de vacaciones a suspirar por un puente... y tenemos que adaptar nuestra rutina a todos ellos. Todos estos cambios pueden influir en cómo nos sentimos. A veces nos cuesta recuperar el ritmo, aumenta el estrés o notamos el ánimo más bajo. Otras veces, simplemente, necesitamos más calma, más silencio o más tiempo para nosotros.
Somos seres cíclicos, como la naturaleza y sus estaciones. Nuestra energía no siempre es la misma ni está siempre disponible. Hay momentos en los que crecemos hacia fuera y otros en los que necesitamos menguar, recogernos y permanecer en quietud para recuperar fuerzas.
Sin permitirnos vivir nuestros inviernos interiores no podremos ofrecerle al mundo nuestras primaveras.
Por eso, escuchar lo que nos piden el cuerpo, la mente y nuestras emociones es una forma de cuidado. Respetar nuestros ritmos, reconocer nuestros límites y aceptar que no podemos estar siempre al mismo nivel de energía también es respetarnos.
Y respetarnos es, en cierto modo, volver a reconocernos como parte de la naturaleza. No estamos separados de ella: también nosotros necesitamos descansar, transformarnos y dejar ir.
El otoño nos invita, especialmente, a mirar de frente esa sensación de pérdida que a veces aparece en forma de tristeza. Porque no todo lo que soltamos es algo que hemos dejado de querer. A veces, simplemente, ha llegado el momento de dejarlo ir.
Como los árboles dejan caer sus hojas, nosotros también podemos permitirnos soltar aquello que ya no necesitamos sostener. Una expectativa, una exigencia, una etapa, una versión de nosotros mismos que ya no encaja.
Dejar fluir las emociones, permitirnos llorar cuando lo necesitamos, aceptar lo que sentimos sin juzgarnos. Incluso esas lágrimas que, a veces, llegan antes de que sepamos poner en palabras lo que nos pasa.
No todas las estaciones están hechas para florecer. Algunas están hechas para soltar, descansar y preparar, en silencio, lo que está por venir.
Este otoño, regálate el permiso de ir más despacio, de sentir sin juzgarte y de soltar sin miedo. No necesitas tenerlo todo claro para seguir creciendo.

